martes, 2 de septiembre de 2014

Día 2 - Creta: Hania y la costa occidental


Día 2: Hania y la costa occidental.

Habría sido fantástico disponer de varios días (al menos tres) para haber explorado a fondo la región, pero sólo teníamos uno, así que tuvimos que descartar varios lugares que habríamos deseado visitar y nos quedamos con las recomendaciones que nos hizo el simpático Georgios.

Recorrimos la garganta de Topolia, en la carretera rumbo a Elafonisi, para llegar a la cueva de Agia Sofia. Una cueva con numerosas estalactitas y estalagmitas de gran tamaño que alberga una capilla en su interior.



  Descendimos hacia la costa por una pequeña y serpenteante carretera y llegamos a Livadia, una pequeña aldea rural donde creo recordar no nos costó mucho encontrar el restaurante que nos recomendó Georgios: restaurante Gialites, muy mediterráneo, una casita con terraza de losas y cubierta de parras.

Desde luego aquel no era un lugar turístico, decir que estábamos a finales de julio y éramos los únicos clientes del restaurante. Nos atendió una señoruca anciana y muy agradable, que nos dejó una carta en griego ilustrada con fotografías de los platos que servían. Todo tenía tan buena pinta que intentamos que nos hiciera alguna recomendación, pero ni el español, ni el inglés, ni el francés, ni las nociones de alemán que llevábamos en la mochila, nos sirvieron en esta ocasión, esta anciana solo hablaba griego (no era de extrañar), y a pesar de su buena voluntad y nuestro esfuerzo, no conseguíamos entendernos. Entonces Mr. Feynman sacó el teléfono móvil, escribió en el traductor: «¿qué nos recomienda usted?» y le mostró la pantalla con la traducción a nuestra amable señoruca, los ojos se le abrieron como platos (no digo que no conociera los teléfonos móviles, pero desde luego ni se imaginaba que se pudiera hacer algo así con uno de ellos),  esbozó una sonrisa y el banquete comenzó en breve: para empezar, plato de olivas con un aliño muy especial y ensalada de tomate y pepino, para seguir, la mejor musaka que he probado jamás y que aún recuerdo relamiéndome los labios, para continuar, conejo en salsa aromatizado con tomillo y romero ¡delicioso!, y de postre, lo que más tarde descubriríamos es un clásico en la isla, no hay carta de postres, pero la costumbre es que te inviten a un plato de melón. Todo por el módico precio de ¡10,50€ por persona!

Después de tan fantástico banquete fuimos bordeando la costa hasta las magníficas playas de dunas de Elafonisi, la primera impresión es un tanto desconcertante, el lugar es fantástico, una extensa playa de arena fina, aguas cristalinas y mar poco profundo y tranquilo, pero está repleto de turistas, tumbonas, sombrillas, un par de chiringuitos enormes con música de discoteca, desde luego contra gustos …, así que si esto es lo que te gusta este es tu lugar, de cualquier forma, la playa es tan grande que hay espacio para todos, así que vas a estar fenomenal. 

Pero para el que prefiera algo más de tranquilidad, como es nuestro caso, la opción es cruzar al islote de enfrente, se puede cruzar caminando, en la zona mas profunda el agua nos alcanzaba poco mas de las rodillas y es sencillo averiguar por donde cruzar, una hilera de personas indica el camino. 


Una vez en el islote hay que caminar por los senderos señalizados, respetando las zonas de dunas vírgenes, para llegar a las distintas playas, donde a pesar de que también hay gente, hay mucha menos, el entorno es muy bello y se está fenomenal.


De cualquier forma, la mayoría de los turistas que llegan a esta playa lo hacen en autobuses que se marchan a las cinco de la tarde, por lo que a partir de esa hora la zona está mucho más tranquila.



Es importante iniciar el regreso a Hania antes de que anochezca, ya que el trayecto dura unas dos horas y gran parte transcurre por una estrecha carretera de montaña sin iluminación.

¡Qué disfrutes del chapuzón! 

Próxima parada: Valle de Amari y playa de Preveli.

martes, 26 de agosto de 2014

Mi biblioteca está de luto

El pasado sábado, 23 de agosto, falleció Jaume Vallcorba, editor de Quaderns Crema y Acantilado.

De Acantilado me gusta todo, el logotipo (rojo o naranja para distinguir la no ficción de la narrativa de ficción), las guardas interiores, el color de la tinta y el tipo de papel, la tipografía, el diseño gráfico de sus cubiertas y su excelente catálogo. 

Un libro con la elegancia de las mejores ediciones en tapa dura y la comodidad de un libro de bolsillo. 

Siento un profundo agradecimiento hacia el señor Vallcorba por su gran trabajo, su exquisito buen gusto y sus fabulosas propuestas.

Según he leído, decía: «Editar, ha sido para mí, desde el principio, proponer a unos amigos que no conocía una lectura que pensaba que les podía gustar, estimular y enriquecer», en ese caso, puedo considerarme una amiga a la que sus propuestas entusiasmaron y enriquecieron, pero sobre todo, me estimularon a querer conocer más y más sobre las obras y los autores que me presentó, y a saltar de uno a otro, para tratar de conocerlos a todos: Stefan Zweig, Joseph Roth, Michael de Montaigne, Martín de Riquer, Hermann Hesse, Slawomir Mrozek, Gabriel Chevallier, Simon Leys y muchos otros.

Espero y deseo que aquellos que toman el relevo en la editorial, no se dejen amedrentar ni asustar por los tiempos modernos y continúen en la línea de sus exquisitas propuestas.

En un mundo gobernado por la tecnología, es importante que las humanidades tomen la palabra y pongan algo de cordura.



martes, 1 de julio de 2014

Una vida que escapa a mi control

   Mi salón es un desastre, no recuerdo tanto desorden desde que me mude a Barcelona con Mr. Feynman, a nuestro primer hogar, Riera Baixa.
   
   Pero pensemos en el presente, trato de montar un mueble, no es el primero ni será el último, llevo ya unos cuantos y en general no se me da mal, pero este se me resiste, lo he montado dos veces, pero no soy capaz de hacer encajar las piezas, así que antes de pelearme con él y acabar por romperlo (a punto he estado varias veces) he decidido que se queda así. Lo miro con inseguridad y trato de aceptar que no es perfecto, pero me resulta incómodo tener un mueble en mi salón que no encaja como tenía previsto.

   Y después de todo, miro el salón, hay tanto desorden, grandes cajas de cartón y embalajes, algunos tableros y cajones a medio montar, la mesa desplazada y sobre ella, algunos cables y cestos llenos de trastos. Varias caja, carpetas y pilas de papeles desparramados por el suelo, algunas tarjetas de visita de una vida pasada (que pudo ser), o quién sabe si futura.

   ¿Pretende la vida hacerme aprender a vivir una vida que escapa a mi control?, una vida donde en ocasiones reina el desorden, donde muchas veces las piezas no encajan a mi antojo, una vida donde mis deseos no se cumplen o al menos no lo hacen al ritmo que yo les marco, una vida sin armonía y que escapa a mi control.

   Sí, soy de esas personas que cree que la vida nos habla, o al menos lo intenta, y sí, a veces lo hace de una forma extraña y si cabe cruel, porque sí, la vida es cruel, pudiendo ser siempre esplendida, a veces, decide ser cruel, pone nuestros deseos casi al alcance de nuestras manos, se diría que casi podemos rozarlos con los dedos, sentir su tacto, apreciar su olor, nos deleitan con su apariencia, y cuando parece que por fin podemos amarrarlos… se esfuman, desaparecen; y nosotros nos aferramos a ellos, a esos sueños improbables o tal vez imposibles que se alejan, mientras ella se ríe de nosotros.

   Muchos dirán que tengo una vida extraordinaria (seguramente lo es), que no se puede tener todo, que hay quienes viven una vida miserable (soy muy consciente de ello), que no tengo derecho a quejarme; pero claro que lo tengo, ¿por qué no?, por qué no puedo tenerlo todo si es lo que deseo, qué daño hago, qué tiene de malo. Aprecio plenamente todo lo bueno que hay en mi vida, pero eso no me impide desear más, no me conformo.

   Y sin embargo, de nada sirve «llorar ante el muro ciego».