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lunes, 22 de febrero de 2016

22 de febrero

    El 22 de febrero de 1942 Stefan Zweig se quitaba la vida, el 22 de febrero de 1978 mi madre me la daba. Es hermoso tener un vínculo con tu escritor favorito, quizás  sea un vínculo desafortunado, pero yo lo encuentro más bien poético, de cierto romanticismo. 

lunes, 8 de febrero de 2016

Palabras para Julia

     No puedo retomar este blog de otra forma que no sea recordando la poesía de José Agustín Goytisolo «Palabras para Julia», en este momento, esas palabras significan todo en mi vida.

     Me gustaría que este fuera un regreso dotado de cierta continuidad, pero en este momento, la Mona reclama toda mi atención y sé que no podré dedicar a esta publicación todo el tiempo que desearía.   

   Espero con impaciencia el día en que pueda retomar con asiduidad esta pequeña parcela de mi intimidad, este discreto blog de escasa difusión,(muy pocos son los que saben de su existencia, ni siquiera entre mis más allegados), pero que es para mí, fuente de entretenimiento y satisfacción.

   De cualquier forma trataré de pasar por aquí siempre que mi pequeño bombón me deje algo de tiempo.


   Tú no puedes volver atrás
porque la vida ya te empuja
como un aullido interminable.

   Hija mía es mejor vivir
con la alegría de los hombres
que llorar ante el muro ciego.

   Te sentirás acorralada
te sentirás perdida o sola
tal vez querrás no haber nacido.
  
   Yo sé muy bien que te dirán
que la vida no tiene objeto
que es un asunto desgraciado.

   Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti como ahora pienso.
    
   La vida es bella, ya verás
como a pesar de los pesares
tendrás amigos, tendrás amor.

   Un hombre solo, una mujer
así tomados, de uno en uno
son como polvo, no son nada.

    Pero yo cuando te hablo a ti
cuando te escribo estas palabras
pienso también en otra gente.

   Tu destino está en los demás
tu futuro es tu propia vida
tu dignidad es la de todos.

   Otros esperan que resistas
que les ayude tu alegría
tu canción entre sus canciones.

   Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti
como ahora pienso.

   Nunca te entregues ni te apartes
junto al camino, nunca digas
no puedo más y aquí me quedo.

    La vida es bella, tú verás
como a pesar de los pesares
tendrás amor, tendrás amigos.

   Por lo demás no hay elección
y este mundo tal como es
será todo tu patrimonio.

   Perdóname no sé decirte
nada más pero tú comprende
que yo aún estoy en el camino.
   
   Y siempre siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti como ahora pienso.

                                   J.A.Goytisolo.
                        «Palabras para Julia»
                                Bajo Tolerancia.




jueves, 24 de septiembre de 2015

El milagro de la vida, para algunos un largo viaje

Cuando me planteé en serio la maternidad no imaginaba el camino que comenzaba a transitar, un camino largo, sombrío y plagado de decepciones. 

Mirando a mi entorno pensaba que más pronto que tarde estaría hecho. Con suerte en unos meses estaría en ello y con menos suerte en poco más de un año. 

Jamás imaginé que a ese año seguirían otros, alguna que otra desagradable prueba médica, tres ciclos de inseminación artificial y que acabaría en una larga lista de dos años de espera para acceder a un programa de fecundación in vitro en la sanidad pública.

Una lista de espera con tantas condiciones como para rellenar una hoja entera y en la que no tienen cabida las parejas homosexuales y la mujeres solteras.

El tiempo tampoco corría a mi favor, si cumples los cuarenta te quedas fuera y el riesgo de que en cualquier momento un político caprichoso decidiera rebajar el límite de edad nos empujó a plantearnos la opción de la sanidad privada.

A lo largo de ese camino me encontré con un médico, que sin ser especialista me dijo tajantemente «no vas a tener hijos, plantéate la adopción», con multitud de personas que ante embarazos ajenos me preguntaban « ¿y tú, no te animas?», para rematarlo con un «bueno, tú tranquila, ya llegará, tienes que tener paciencia,es porque no estás relajada, cuando te relajes…». 

De verdad, desechemos esta pregunta de nuestras conversaciones y más aun estas respuestas, son extremadamente dolorosas para una mujer que desea ser madre.

El tiempo siguió pasando sin embarazo y sin un diagnóstico que lo descartara, entonces comencé a llorar con cada nuevo bebé, con cada nuevo anuncio de embarazo. 

Yo nunca me había preocupado por la maternidad, nunca había manifestado un interés especial y sin embargo esto cada vez ocurría con más frecuencia y no era capaz de controlarlo, me sentía poseída por algo que no tenía nada que ver conmigo.

Entendí que no iba nada bien el día que tuve que abandonar una fiesta porque una pareja anunció su embarazo, me marché un momento pensando en relajarme pero no fui capaz de volver. 

Al día siguiente tenía claro que no iba a poder sola con todo aquello (y que la gente que me rodeaba, a pesar de sus buenas intenciones tampoco podría ayudarme), así que me puse en contacto con un buen especialista y pedí ayuda, comencé entonces a transitar otro camino, un camino de aprendizaje, ilusión y confianza.

Los nacimientos se sucedían uno tras otro, cada vez había más bebés a mí alrededor,algunos incluso llegaban por sorpresa. 

Sí, una mujer de mi entorno llevó a término su embarazo sin ni siquiera saber que estaba embarazada, esto que parece una leyenda urbana no lo es, conozco una mujer (y la conozco bien), que un día se presentó en la consulta de su ambulatorio con un fuerte dolor de regla y el doctor que allí se encontraba le dijo «claro, está usted de parto».

Ella, mientras empujaba para parir en la camilla de un ambulatorio, pensó que soñaba, y yo, al día siguiente mientras mi madre me lo contaba, sentí que la vida se reía de mí.
  
Acudí a una comida con un grupo de cinco parejas y al llegar tres de ellas anunciaron su embarazo (para algunos ya era el segundo). Sonreír y dar la enhorabuena mientras te abofetean tres veces seguidas es todo un reto. Tuve que hacer un esfuerzo enorme para no marcharme.
       
El mismo día que mi tercera y última oportunidad de inseminación artificial fracasaba, una de mis primas anunciaba su embarazo, no fui capaz de darle la enhorabuena hasta muchos meses después. 

Cada noticia de embarazo caía sobre mí como una losa de mil kilos y me producía una mezcla de sentimientos encontrados, alegría y frustración que no sabía manejar.

Y había quién seguía insistiendo con los nervios «ya sabes que los nervios no son buenos…», y yo pensaba « ¿qué nervios?, estoy tan agotada que no tengo fuerzas ni para estar nerviosa».

Empecé a sentirme mejor cuando comencé a hablar abiertamente de la situación, cuando empecé a expresar libremente que deseaba ser madre y no podía. 

Cuando empecé a explicar en que consiste la inseminación artificial, a la que me había sometido en tres ocasiones con resultado negativo, en que consiste la fecundación in vitro, el número de inyecciones que debía pincharme cada día, (nada menos que 3 inyecciones diarias que yo misma preparé y me pinché cada tarde durante 7 días en cada uno de los intentos) y que el primer intento también había fracasado, o no, porque fue éste, él que le dio la pista a mis doctoras para averiguar la posible causa de tanta decepción (que por cierto, nada tenía que ver con la paciencia o los nervios).

Quiero darlas gracias a todos aquellos que han caminado a mi lado. 

Al principio, al igual que a mí, les costó aprender a gestionarlo, a pesar de la cercanía se sentían distantes, deseaban poder hacer algo, ayudar de alguna forma y sin embargo sentían la impotencia de no poder concretar sus deseos de una manera visible, «poder hacer algo que sirva para algo». 

Poco a poco fueron aprendiendo, y han sido una compañía imprescindible; a mi hermana, que lo ha sufrido desde la distancia y que esperaba mis cartas con impaciencia, cartas cargadas de sentimientos que yo escribía y que para mi suponían un desahogo importante; y a mis padres, ellos desde luego sobresaliente desde el primer día, tal vez porque en su día, aunque de otra forma experimentaron la dificultad, lo han hecho de una forma magnífica, excelente. 

Tambien, a esas parejas y mujeres que habiendo transitado antes que yo por este camino, me animaron y compartieron su experiencia conmigo para darme su fuerza, y en cuyo ejemplo me apoyaba para no perder la esperanza, no las nombro por respeto a su intimidad, pero ellas saben a quienes me refiero.
    
Mr. Feynman, en este camino tan difícil de transitar emocionalmente, lleno de baches, caídas,llantos y decepciones, fue poco a poco aprendiendo a manejar mis emociones (además de cargar con las suyas).

Ardua tarea que aprendió hasta el punto de que cada vez que yo me caía, él me devolvía la ilusión, cada vez que me flojeaban las fuerzas, él era fuerte por los dos y lejos de alejarnos, toda esta experiencia nos ha hecho más fuertes, nos ha unido aun más. 

Te amo porque reflexionas y siempre das con la fórmula, porque siempre tienes un bote de salsa extra para mí.

Muchas mujeres siguen insistiéndome en la paciencia porque el embarazo se hace muy largo, y yo pienso que tal vez ellas tengan mucha experiencia con la maternidad, pero paciencia…yo sé lo que es esperar durante 15 días un mes tras otro durante años, para que el resultado siempre fuera el mismo, decepción; y el mes siguiente repetir de nuevo, dejar pasar los días hasta que la frustración casi se olvida y entonces toca empezar de nuevo y otra vez, «Zas! en toda la boca». 

Paciencia, sobre paciencia yo tengo un master (o dos).

Hay quién me dice «lo ves, al final todo llega», pero no, yo sé que no es cierto, y si no, que se lo digan a todas esas parejas que siguen en el camino inmersos en largos y complejos procesos de adopción. 

No, sé que no todo llega y por ese motivo cada día doy gracias a la vida por haberme concedido este deseo (no son pocos los días en que sigo llorando de la emoción) y a la ciencia por haberlo materializado; no permitamos que nuestros mejores científicos y técnicos se marchen porque de verdad que los necesitamos, sin ellos nada de esto habría sido posible.

Hablo de esto porque creo que hay demasiado silencio y hablar de ello abiertamente fue lo que en mi experiencia me llevó a sentir mejor. 

Desde aquí quiero decir a cualquier mujer que esté pasando por algo así que puede contar conmigo y mi experiencia, que sé como se siente y que luche hasta donde crea que va a poder llevar sus fuerzas, pero que durante ese periodo trate por todos los medios de no perder la ilusión.

Esta es una carrera de fondo y como ya he dicho, es cierto que no todo llega, pero sólo el que no se rinde mantiene sus opciones de victoria; un reto difícil, lo sé, pero también sé que en este momento tengo una fortaleza que no tenía antes, yo misma me sorprendí de mi enorme capacidad para superar la tremenda decepción que supuso el primer ciclo de in vitro.

Aún queda un pequeño trecho por caminar, pero de momento disfrutemos con alegría de este regalo y soñemos con la nueva y hermosa vida que está por llegar.

  

jueves, 23 de abril de 2015

Cuentos de la infancia: el misterio del libro jamás escrito

En el día del libro, hablemos de libros, hablemos de uno que jamás fue escrito.

Los libros están en mi vida desde que tengo uso de razón, cada año los Reyes Magos se encargaban de que no faltaran al menos un par de ellos junto a mis impecables zapatos.

Puedo decir que conservo casi todos los libros de mi infancia, alguno sucumbió a las invasiones anuales de primos cuando por mi cumpleaños nos juntábamos todos en casa y la algarabía invadía el hogar, pero en general sobrevivió una gran parte, alguno perdió la tapa y otros fueron posteriormente decorados por los lápices de colores de mi hermana pequeña, pero todos conservan el encanto del primer día en que cayeron en mis manos.

Sin embargo de todos los libros de mi infancia, recuerdo uno especialmente, lo recuerdo con mucho cariño, fue uno que jamás encontré. Se trataba de un libro de cuentos; cuentos protagonizados por animales a los que les ocurrían cosas fantásticas o que pretendían realizar hazañas extraordinarias, por ejemplo, un león que perdía la melena porque era un poco remilgado con su alimentación, un elefante que envidiaba a los pájaros y pretendía construir su propia casa en la copa de un árbol o una presumida y joven mariposa que abandonaba su hogar en busca de aventuras.

Durante algún tiempo mi madre me contaba aquellas historias mientras me daba de comer y cuando aprendí a leer, una de mis mayores ambiciones fue encontrar el libro de donde ella extraía aquellos cuentos que tanto me gustaban para poder leerlos una y otra vez. Lo busqué entre todas las estanterías de casa, entre mis libros infantiles, entre las novelas de mis padres, entre los libros de arquitectura y los de recetas de cocina, en casa siempre hubo muchos libros; lo busqué también en las estanterías de la guardería donde trabajaba mi madre y a la que yo acudía con ella en ocasiones especiales; pero aquel libro se escondía muy bien, tanto, que un día desistí y el misterio del libro de los animales permaneció en mi cabeza durante mucho tiempo. Os preguntaréis por qué nunca pregunté por él a mi madre, lo cierto es que no lo sé, cosas de niños, supongo; es más emocionante buscar y encontrar por uno mismo un tesoro escondido y si no lo encuentras hacer que permanezca en la memoria como un gran misterio, que simplemente preguntar por él.

Años después volvió a mi cabeza y esta vez, supongo que empujada por la «racionalidad» de la madurez, decidí preguntar a mi madre por él y acabar con el misterio. « ¿Qué libro? », preguntó mi madre, «aquellos cuentos los inventaba yo, era la única forma de conseguir que comieras». Creo que aquella fue una de las grandes sorpresas de mi vida,  no tenía ni la menor idea, jamás habría imaginado que aquellos cuentos que tanto me gustaban los inventó ella para mí. La autora no era una señora extranjera de nombre exótico y varias consonantes seguidas en su apellido, no, la autora era Mi Madre y aquellas historias habían sido inventadas para mí, no os resulta emocionante.

A veces siento la tentación de escribir aquellos cuentos, pero siempre me surgen dudas, no sé si prefiero conservar su leve recuerdo en mi memoria como el misterio del libro que no encontré, el libro que jamás fue escrito.


martes, 27 de enero de 2015

Más allá de la contienda

   La primera vez que oí hablar de Romain Rolland fue de la mano de Stefan Zweig en uno de los ensayos que forman parte del fantástico Legado de Europa, poco después Mr. Feynman apareció por casa con Colás Breugnon, «un libro alegre y travieso» en palabras del propio Zweig y recientemente cayó en mis manos Más allá de la contienda en una edición prologada por el mismo Stefan Zweig. No tuve ninguna duda desde el primer instante en que sostuve el libro entre mis manos de que se trataba de un auténtico tesoro.

   En una época en la que el nacionalismo pueril de los pueblos envenenaba la sangre de sus ciudadanos, Romand Rolland defendió la cordura y declaró la guerra al odio, «pueden odiarme pero no conseguirán que odie». Fue considerado por muchos un traidor, por otros un cobarde y atacado ferozmente por muchos de los «grandes intelectuales» de la época que con sus plumas arengaban a los pueblos en la contienda, lejos de la sangre de las trincheras y desde el calor y la comodidad de sus hogares.

   Amanece un nuevo año en Europa y lo hace de una forma intensa, los asesinatos terroristas cometidos en Francia hace unas semanas y la reciente victoria de Syriza en las elecciones al parlamento griego producen inquietud en una gran parte de la población, conscientes de ello y en palabras de R. Rolland «las élites de todos los países proclaman convencidas que la causa de su pueblo es la causa de Dios, de la libertad y del progreso humano» y de esta forma ponen la maquinaría de propaganda a trabajar con ahínco, pues «no hay gobierno por despótico que sea y por seguro que esté de su victoria, que no tiemble hoy ante la opinión publica y trate de seducirla». Las plumas toman posiciones y desde las distintas trincheras comienzan a apuntar en muchas ocasiones con gran hostilidad.

   Pero, hasta que punto se espera de aquellos que se hacen llamar «intelectuales» que sepan medir la agresividad de sus palabras, ¿dónde está el límite entre «llamar a las cosas por su nombre» para zarandear un poco al lector, para despertar conciencias; y arengar al gentío con cierto tono implacable y feroz que le impulse al odio?

   Lo que admiro de Romain Rolland es que a lo largo de todas las páginas de su manifiesto pacifista defiende con firmeza sus argumentos en contra del odio, los señores de la guerra y sus marionetas, pero sus palabras no resultan agresivas, hace entender la sin razón de la guerra y el enfrentamiento, sin dejar sensación de agitación ni sentimiento de revancha.

   Yo, que soy de fácil tendencia a exponer mis argumentos con cierta agresividad intento cada vez más suavizar el tono de mi discurso, pues como dijo Romain Rolland «A aquel que escupe odio, el odio le salpica y le quema la cara». 



martes, 20 de enero de 2015

Una historia de Cape Town

  Hace algunos meses mi hermana se instaló en Ciudad del Cabo, llegó allí siguiendo el camino del amor después de pasar por Toronto y Seúl.

   Toronto fue para ella una aventura extraordinaria. Independiente y lejos de casa por primera vez pero arropada por la seguridad que da tener a un familiar cerca, se alojó en casa de una prima que la acogió con mucho cariño, disfrutó de las bondades de la primavera y el verano canadienses y conoció el gran amor.

   En Seúl, aunque en la mejor de las compañías, descubrió las dificultades de la soledad, cuánto puede complicarte la vida una contaminación desmedida y una cultura, la oriental, que aunque de la mano del capitalismo y la globalización cada vez se asemeja más a la occidental, sigue siendo muy diferente. De cualquier forma, allí no eran más que dos exóticos occidentales a los que sus vecinos miraban con curiosidad y diversión, pero con respeto.

   Llegó a Ciudad del Cabo pensando que la vida sería más fácil allí que en Seúl, un clima más benevolente, un ambiente más saludable, el calor de la familia política y las costumbres más occidentales, ¿o no?, pero Ciudad del Cabo escondía un secreto.

   Mi hermana no vive en un gueto europeo donde la inseguridad y la pobreza se esconden detrás de grandes muros y cámaras de vigilancia, sino en un humilde barrio obrero donde salir de casa más tarde de las ocho es una imprudencia y hacerlo caminando aun mayor insensatez, a partir de las ocho de la tarde un breve desplazamiento en coche sigue siendo un riesgo a valorar.

  Ella vive en la verdadera Sudáfrica y no en la que nos venden desde las agencias de viajes. Un país donde la inseguridad, la pobreza, la discriminación, el racismo, la violencia y la intolerancia religiosa se disputan cada día el trono de la desdicha de sus poblaciones, mientras sus políticos venden una Sudáfrica alegre y festiva en forma de Mundial de fútbol. Un país donde en tu humilde casa de tu humilde barrio, cuando te vas a la cama cierras la puerta del dormitorio con llave, a pesar de la altura del piso, de las rejas en puertas y ventanas, del muro que la rodea y de la alambrada que lo corona, porque aun así, hay quien se juega la vida por un trozo de pan, y si se juega su vida, ¿qué le importa la tuya? «Aunque aparentemente todo parece tranquilo, se vive con tensión».

   Me cuenta como cada lunes a las 6 de la mañana, antes de que pase el camión semanal de la basura, las calles se llenan de gente con carritos rebuscando entre la basura acumulada de una semana y recogen de todo, «cargan con mil bolsas atadas al carro y no son ni uno, ni dos, ni tres, son muchos y es tan triste».

   En Ciudad del Cabo, que no es ni de lejos uno de los peores lugares de Sudáfrica para vivir, ha aprendido que «si eres mujer y vas conduciendo, la policía no puede pararte en la calle, te escoltarán hasta una comisaría para explicarte cuál es el problema, aunque antes de llegar es mejor que llames a un conocido para comunicarle a dónde vas y que lleve dinero. De cualquier forma, no se suele ver mucha policía por las calles».

  En Sudáfrica ha descubierto cómo es la vida sin las comodidades tecnológicas a las que estaba acostumbrada, un coche o una conexión a internet sin la que ha perdido el acceso a la información contrastada y plural y a la comunicación instantánea, a la posibilidad de hablar con su familia en cualquier momento, pero también ha perdido algo tan banal como un paseo veraniego a media noche.

   Ahora entiende porque él se marchó.

  Vive en una lucha constante de sentimientos encontrados, de una parte, las distintas costumbres, el ímpetu religioso de la multitud de creencias, la segregación («en este país les encanta dividirse en clases»), la violencia interiorizada incluso en el mismo parlamento donde terminan a golpes en numerosas sesiones; de otra parte, una vida plena en pareja y la belleza de un país de una hermosura desmesurada «aquí las montañas son un paraíso de fauna y vegetación y tienen nombres como Lion´s Head, Elephant´s Eyes, Constantia Neck, Table Mountain… ¿no te parecen geniales?».

   Hace unos días estuvo en la playa «las playas son una gozada, no hay casi gente, el agua está fría pero hace calor, así que está guay, aunque yo entro e intento no pensar en el tiburón blanco, pero cuando dejo de ver el fondo me cago y salgo pitando. En una ocasión estábamos bañándonos y oímos un sonido como si estuvieran haciendo sonar una sirena, empezamos a nadar apresuradamente y cuando llegamos a la orilla nos dimos cuenta de que era el viejo tren (que chirría al frenar) llegando a la estación, ¡no podíamos parar de reír!».

   Así tengo la sensación de que es su vida en Sudáfrica, una gran metáfora, tentada por un país grandioso que la impulsa a sumergirse hasta el fondo, pero que esconde bajo sus aguas un peligro que acecha constantemente.

   Mi hermana, que a base de ver mundo ha madurado, se nos ha hecho mayor y se ha casado.  Me siento orgullosa de ella, de los pasos que ha dado para salir del letargo en el que se había instalado y feliz de que por fin haya encontrado su camino. 




martes, 6 de enero de 2015

Víspera de Reyes

   La víspera de Reyes siempre fue para mí la mejor noche del año, una noche mágica y llena de ilusión, que compartía con mi hermana.

  Comenzaba con la cabalgata, el roscón y los zapatos bien limpios que colocábamos en el salón. 

    La hora de ir a la cama se retrasaba un poco aquella noche interminable en la que esperábamos leyendo bajo las sábanas a que nuestros padres se acostaran. 
    
   En cuanto oíamos pasos en la escalera nos hacíamos las dormidas aguardando nuestro beso de buenas noches y tan pronto la casa quedaba en silencio saltábamos de la cama y daba comienzo la noche más larga del año.

   Organizábamos todo tipo de juegos, intentando hacer el menor ruido y las horas iban pasando lentamente mientras jugábamos con nuestras muñecas, leíamos, coloreábamos... a la espera del primer rayo de sol y en cuanto este se colaba por las grietas de las persianas, corríamos ansiosas al dormitorio de nuestro padres.

   Con insistencia conseguíamos levantarlos de la cama y bajar juntos, los cuatro, las escaleras que llevaban a la puerta del salón. Allí, antes de abrir la puerta, quedábamos paralizadas apenas unos segundos, como conteniendo la respiración, cogiendo impulso y al abrir la puerta nuestros ojos brillaban fascinados.

  Aquella tradición duró muchos años, incluso después de descubrir los secretos que escondía aquella noche, seguíamos pasándola en vela, soñando despiertas con las sorpresas que traería el nuevo día.

   La semilla de aquellas noches quedó tan arraigada que la víspera de Reyes sigue siendo para mí la mejor noche del año, una noche para soñar.



martes, 21 de octubre de 2014

Mi abuela

   Mi abuela que ya tiene 88 años se pregunta por qué Dios la mantiene con vida, no lo digo porque creo que es lo que debe pensar después de tanto tiempo sobre la tierra, sino porque ella misma me lo comenta cada vez que nos vemos.

    Mi abuela, que sobrevivió a un cáncer de útero en los 70, cuando rondaba los 40, fue una auténtica superviviente. Goza de una salud de hierro, doblegada en ocasiones por los atracones que se pega en los banquetes familiares, el cuerpo le dice «Leonor, por ahí no paso, que ya no tenemos edad». Pero para la edad que tiene le funciona todo que da gusto, no le han visto la cara, conozco mujeres de 50 que tienen más arrugas que ella. Hace años que se despidió de mi abuelo y tras superar el letargo en el que le sumió su luto, despertó como una niña, aprendió a nadar con 70 y se echó un noviete que la acompañaba cada día de piscina, y después de este llegaron otros, de los que también la vida (o mejor dicho la muerte) la separó, lo que yo digo, que no hay quien acabe con ella.

    Mi abuela, que a pesar de sus 88 años sigue siendo muy presumida, con esa cara y esa piel, ¡no me extraña! y trae loca a mi tía con tanta falda y tanto vestido de arriba para abajo. Verán, es que mi abuela vive en una residencia y no puede tener allí toda la ropa que le gustaría, así que tiene a mi tía llevando y trayendo ropa para que el armario esté actualizado al gusto de mi abuela.

    Sí, mi abuela vive en una residencia desde hace cuatro años, «la mejor decisión que pude tomar» dice siempre que le preguntas cómo es su vida allí, ahora que no pensaba lo mismo el día que mi padre le comentó la idea por primera vez, no cuento lo que le dijo porque es feo, feo, pero a ella le sonó a traición de la gorda, gordísima. Y sin embargo está encantada desde el día dos. Normal, se lo hacen todo, está entretenida y la tratan como a una marquesa. Igualito que cuando vivía sola en su casa los últimos años, que yo llegaba a verla cualquier día a las dos de la tarde y a pesar de que siempre fue bien presumida, me la encontraba en bata, sin peinar y preparándose para almorzar tan solo una manzana y un yogurt; pero si en la residencia ¡tiene hasta peluquería! Y su partida de bingo, esa no se la quita nadie, como el oído no le va mal del todo (a pesar de que a veces se haga la sorda), pues se ha acostumbrado a ganar, así que está encantada. Lo que si que echa en falta es una piscina, ¡cómo le gustaría que la residencia tuviera una piscina!

   Lo de los tacones fue otra guerra, ¡lo que nos costó ganarla!, ella y sus tacones eran una y no quería ni oír hablar de deshacerse de sus bonitos zapatos de tacón, pero después de dos caídas, la segunda con boca mellada incluida, conseguimos bajarla al zapato plano.

   Pero lo del bolso eso si que ha sido imposible, se pasea por la residencia con un bolso que pesará mil kilos, no sé lo que lleva dentro pero mínimo un par de ladrillos y no hay forma de que lo deje en su habitación, lo lleva a todas partes bien agarrado.

   Cada cierto tiempo le da por alguna excentricidad, a ver, tiene 88 años y muy cuerda está, pero de vez en cuando la cabecilla se la juega de alguna forma divertida. La última, la de las manzanas, cada mañana en el desayuno le ponen una manzana, a ella no le apetece y no se la come, pero suya es, así que se la lleva y cuando ve a mi padre se la da (en casa de mis padres nunca faltan manzanas), hasta hace unas semanas que dejaron de circular las manzanas y es que ha encontrado una nueva ubicación para ellas y ahora las almacena en el armario junto a sus faldas y vestidos, el problema es que no encuentra el momento para deshacerse de ellas y claro, las manzanas siguen su proceso natural…

   Mi abuela, que nació durante la dictadura de Primo de Rivera, y vio marcharse a Alfonso XIII y pasar la Segunda República, la Guerra Civil, la dictadura de Franco, vio llegar la democracia y la monarquía de Juan Carlos I y que ha visto a la democracia enfangarse y al sexto Felipe sentarse en el trono, está cansada de tanta historia y se pregunta por qué Dios aun la tiene en este mundo, y yo, entiendo que se aburre, que está cansada y que desea marcharse.




martes, 1 de julio de 2014

Una vida que escapa a mi control

   Mi salón es un desastre, no recuerdo tanto desorden desde que me mude a Barcelona con Mr. Feynman, a nuestro primer hogar, Riera Baixa.
   
   Pero pensemos en el presente, trato de montar un mueble, no es el primero ni será el último, llevo ya unos cuantos y en general no se me da mal, pero este se me resiste, lo he montado dos veces, pero no soy capaz de hacer encajar las piezas, así que antes de pelearme con él y acabar por romperlo (a punto he estado varias veces) he decidido que se queda así. Lo miro con inseguridad y trato de aceptar que no es perfecto, pero me resulta incómodo tener un mueble en mi salón que no encaja como tenía previsto.

   Y después de todo, miro el salón, hay tanto desorden, grandes cajas de cartón y embalajes, algunos tableros y cajones a medio montar, la mesa desplazada y sobre ella, algunos cables y cestos llenos de trastos. Varias caja, carpetas y pilas de papeles desparramados por el suelo, algunas tarjetas de visita de una vida pasada (que pudo ser), o quién sabe si futura.

   ¿Pretende la vida hacerme aprender a vivir una vida que escapa a mi control?, una vida donde en ocasiones reina el desorden, donde muchas veces las piezas no encajan a mi antojo, una vida donde mis deseos no se cumplen o al menos no lo hacen al ritmo que yo les marco, una vida sin armonía y que escapa a mi control.

   Sí, soy de esas personas que cree que la vida nos habla, o al menos lo intenta, y sí, a veces lo hace de una forma extraña y si cabe cruel, porque sí, la vida es cruel, pudiendo ser siempre esplendida, a veces, decide ser cruel, pone nuestros deseos casi al alcance de nuestras manos, se diría que casi podemos rozarlos con los dedos, sentir su tacto, apreciar su olor, nos deleitan con su apariencia, y cuando parece que por fin podemos amarrarlos… se esfuman, desaparecen; y nosotros nos aferramos a ellos, a esos sueños improbables o tal vez imposibles que se alejan, mientras ella se ríe de nosotros.

   Muchos dirán que tengo una vida extraordinaria (seguramente lo es), que no se puede tener todo, que hay quienes viven una vida miserable (soy muy consciente de ello), que no tengo derecho a quejarme; pero claro que lo tengo, ¿por qué no?, por qué no puedo tenerlo todo si es lo que deseo, qué daño hago, qué tiene de malo. Aprecio plenamente todo lo bueno que hay en mi vida, pero eso no me impide desear más, no me conformo.

   Y sin embargo, de nada sirve «llorar ante el muro ciego».




martes, 29 de abril de 2014

Un deseo

   Deseo ser madre porque hay algo dentro de mi intentando salir, ¿será amor?, tal vez si. El caso es que siento el anhelo de sacarlo y es por eso que te necesito a ti.

   Será más sencillo si empezamos desde el principio, no me sentiré juzgada nada más verte y eso me permitirá ser más yo, puedo dejar de lado toda la parte de las apariencias y los prejuicios y dedicarte mi más puro ser, puedo cubrirte de besos sin que me mires con extrañeza y te sorprendas, preguntándote "¿qué querrá?", puedo cantarte un millón de canciones sin sentir vergüenza, aunque verás que canto bastante mal, podemos bailar, reír y hacer travesuras, tú no esperas que sea yo quién siempre guarde la compostura.

   Puedo contarte algunos secretos (aunque no estoy muy segura de tenerlos), enseñarte a amar los libros y la música, las cosas bellas hechas con amor que embriagan los sentidos hasta hacerte saltar las lágrimas de la emoción.

   Deseo que conozcas el mundo que me rodea, verás que es maravilloso; a pesar de los pesares es el mejor de los regalos que me hicieron jamás y deseo regalártelo yo, a ti.

   Prometo acompañarte en el camino, lo recorreremos juntos, con los ojos bien abiertos para que no te pierdas nada, para que nada se nos escape.

   Yo cada día aprendo más y más y no puedo guardármelo para mi sola, deseo enseñarte todo lo que sé, siempre y cuando tú quieras. 



   

martes, 8 de abril de 2014

El estanque de las libélulas

   El estanque de las libélulas es un lugar secreto, una aventura, una puerta a mi otro yo, un experimento, el plan para una sorpresa, un regalo, un lugar para compartir y viajar.